Zapatero propone una alianza de civilizaciones entre el mundo musulmán y el occidental:
¿Choque de civilizaciones o conflicto de poder?

 

“Al Qaeda representa a sectores de un burguesía árabe emergente, que emplean el terrorismo como un verdadero ejército para imponer sus proyectos políticos”

Pocos han reparado en que Zapatero, al proponer en la ONU una alianza de civilizaciones entre el mundo musulmán y el occidental –como medio para evitar que “tras la caída del muro de Berlín, el odio y la incomprensión levanten otro”- daba carta de naturaleza a la tesis de que nos encontramos ante un choque de civilizaciones. Un pensamiento popularizado por el norteamericano Samuel Hunttington, directamente vinculado al Pentágono y a los centros de investigación financiados por el complejo militar industrial. Es extraño que para proponer una alternativa frente a Bush haya que recurrir a un pensamiento difundido desde el hegemonismo norteamericano.

“Como cualquier burguesía que pretende abrirse un hueco en la cadena imperialista, debe hacerlo a sangre y fuego”

Hay que evitar que bajo la coartada de la guerra contra el terrorismo Bush ejecute guerras y recortes de libertades. Y España, por la exitosa experiencia de lucha democrática frente al terrorismo y por las privilegiadas relaciones históricas con el mundo árabe, está en disposición de jugar un papel destacado. Pero detrás de las propuestas de Zapatero existen valoraciones sobre la naturaleza y origen de lo que se suele llamar “terrorismo islámico” que sólo conducen a la confusión. Al analizar las causas del terrorismo, Zapatero propuso como solución la lucha contra las desigualdades mundiales, participando del pensamiento que coloca al terror como fruto de la desesperación de la pobreza.

¿Estamos ante una rebelión de desheredados o por el contrario detrás del terrorismo hay sectores privilegiados que lo utilizan como instrumento? ¿Existe el peligro de un choque de civilizaciones, o por el contrario asistimos a un conflicto entre poderes establecidos como EEUU y poderes emergentes del mundo árabe que reclaman mayor protagonismo?

Alguien financia el terrorismo

Cuando se afirma que la desesperación de la pobreza engendra el terrorismo, no se tiene en cuenta que éste cuesta mucho dinero.
Los atentados del 11-S precisaron de una inversión de varios millones de dólares, incluyendo la preparación durante meses –primero en Alemania y más tarde en EEUU- del comando ejecutor. Fue una operación largamente planeada y con una organización compleja. “Fabricar” un terrorista suicida requiere, no sólo adoctrinamiento, sino también dinero. Cuando un suicida comete un atentado, sabe que organizaciones como Hamas o Al Qaeda se encargarán de proporcionar un pensión vitalicia a sus familias. ¿De dónde sale todo este dinero, sin el cual el “terrorismo islámico” no podría existir?

Su sostén económico principal proviene de las principales fortunas saudíes, egipcias, qataríes, a través de una intrincada red de bancos, holdings financieros, supuestas organizaciones de caridad, aportaciones religiosas… La estructura de cuadros de Al Qaeda no se corresponde con la de una “rebelión de los desheredados”. Su cabeza está integrada por personajes como Bin Laden, miembro de una de las familias más adineradas de Arabia Saudita –con relación directa con la familia real e integrada por ministros y altos funcionarios- , que todavía hoy mantiene sillones en varios consejos de administración.

Los miembros del comando del 11-S provienen, en su práctica totalidad, de sectores acomodados del mundo árabe: son universitarios e hijos de abogados, empresarios, príncipes… El sustento del “terrorismo islámico” no son “las masas de desesperados” sino sectores emergentes y poderosos del mundo árabe.

¿Quién está detrás de Al Qaeda?

No estamos pues, ante el resultado de “la desesperación de la pobreza”, sino ante un fenómeno de naturaleza muy diferente. ¿Desde cuando los bárbaros ataques contra personas indefensas ha sido una forma de actuación de los pueblos? Las carnicerías que perpetra Al Qaeda son más bien equiparables a las atrocidades cometidas por EEUU en Vietnam, la Alemania nazi o la URSS brezneviana. El terror es la forma de actuar de las burguesías.

Al Qaeda representa a sectores de un burguesía árabe emergente, que emplean el terrorismo como un verdadero ejército para imponer sus proyectos políticos. En la base se encuentra la contradicción flagrante entre la enorme concentración de riqueza que se aglutina en algunos países árabes, y la nula expresión política de ese capital en el tablero mundial. Arabia Saudita, Irán, Irak, Kuwait, Emiratos Arabes… son de forma destacada los principales productores de petróleo, la sangre que hace mover el capitalismo actual. Una realidad que ha proporciona a las élites de esos países árabes la capacidad de convertir los petrodólares en ingentes inversiones financieras presentes en medio mundo.

Pero esos Estados y sus oligarquías locales se encuentran, desde la IIª Guerra Mundial, bajo el férreo control político y militar del hegemonismo norteamericano. Pueden disfrutar de enormes riquezas, pero no les está permitido usarlas para desarrollar un proyecto político propio. Toda concentración de capital exige, reclama, alcanzar también el control político y la fuerza militar que le corresponde. Ese es el curso natural bajo el capitalismo –las potencias se reparten el mundo “según su capital, según su fuerza”-, pero la hegemonía norteamericana ha distorsionado esta ecuación en el mundo árabe.

Este es el orden de cosas que desafían sectores de una burguesía árabe emergente –que personifica Bin Laden- surgida al calor del desarrollo económico provocado por el petróleo, y que utilizan a Al Qaeda como instrumento. Una burguesía todavía en formación, como un “ectoplasma” sin un cuerpo definido, pero con un proyecto político claro: desembarazarse de la tutela norteamericana para convertirse en un actor global con un guión propio, destinando las enormes riquezas del mundo árabe, no a aumentar la opulencia de las oligarquías locales, sino a ganar una presencia decisiva en el mundo. Como cualquier burguesía que pretende abrirse un hueco en la cadena imperialista, debe hacerlo a sangre y fuego. Y han encontrado en lo que se llama “terrorismo islámico”, y que convendría denominar “ejército de choque” estos sectores emergentes, el ariete principal. A través de él, se han convertido en un actor que no sólo ocupa primeras páginas de los periódicos, sino que puede actuar globalmente.

No disponen de un Estado –con todos los aparatos de fuerza e intervención política que están en manos de las clases dominantes- pero sí de la capacidad para organizar estructuras como Al Qaeda. Se trata de una lucha a muerte entre los “poderes establecidos” –EEUU, que pretende mantener su hegemonía- y “poderes emergentes” que cuestionan, a través de la fuerza –como no puede ser de otra manera dentro de las reglas del capitalismo- el orden vigente. Ambos están dispuestos a cualquier cosa, independientemente del coste en vidas humanas, para conquistar sus objetivos.

Esos sectores emergentes que se encuentran detrás de Al Qaeda utilizan a los pueblos del mundo árabe como un inagotable ejército de reserva, pero sus fines y sus principios nada tienen que ver con los de la lucha de los pueblos. Quieren liberar a la nación árabe de la opresión del imperialismo norteamericano, pero para encumbrar como polo de poder a una nueva burguesía árabe.

No estamos pues ante ningún “choque de civilizaciones”, sino ante un conflicto donde no cabe ninguna alianza entre los dos poderes que luchan, con el cuchillo entre los dientes, por influencia sobre el tablero mundial.

Joan Arnau